Puerta de Arenas

Los que desde niños hemos sido asiduos visitantes de este paraje, nos vienen a la memoria muchos recuerdos, relatos y emociones, relacionados con Santa Lucía y la Puerta de Arenas. Los que fuimos “cortijeros” de los contornos, en los años 1945-50, no solamente íbamos a la Romería; muchas tardes de verano, con nuestros padres, el paseo obligado era a la ermita de Santa Lucía. A los ojos infantiles que todo se magnífica, el entorno nos parecía colosal, solemne: Los tajos, el túnel, el rostro de la Santa, a la vez serio y acogedor, los ojos que porta en la bandeja de su mano izquierda… Todo nos causaba una impresión parecida a la que experimentamos cuando se entra en una gran Catedral. Era impresionante el silencio, solo roto por el trino de los pájaros y los vehículos que esporádicamente circulaban por el lugar.

Muchos de mis coetáneos, recordarán el sabor de aquel salchichón casero y los “hornazos” que nuestras madres preparaban para la ocasión y que consumíamos con fruición, en pandilla, a la sombra de cualquier árbol.

Nos encantaba escuchar los relatos de los mayores, relacionados con Puerta de Arenas. Uno de los que más me impresionaron y sigue grabado en mí memoria es el siguiente:

Como todos sabemos, el primer túnel se construyó en la primera mitad del siglo XIX, reinando en España Isabel II. Se inauguró el año 1840. Hoy sólo se usa como camino de servicio y desde el año pasado, forma parte del patrimonio del Excmo. Ayuntamiento de Campillo de Arenas.

La mano de obra empleada en su construcción, fueron los presos que cumplían condena de trabajos forzados y otros que, deseando reducir su cautiverio, se sometían a dichos trabajos. Nos contaban que todo se realizó manualmente, a cincel y martillo, dados los escasísimos medios mecánicos que existían en aquel tiempo. El esfuerzo de estos hombres, ya depauperados por el cautiverio, sería mayúsculo. Máxime, si añadimos la pésima alimentación, las jornadas laborales, de sol a sol, el escaso descanso y las inclemencias del tiempo. Es fácil imaginar el estado de ánimo de aquel grupo de personas: Macílentos, lentos de movimientos por los grilletes y acosados por capataces y vigilantes, donde tampoco faltarían los malos tratos psíquicos y físicos.

Así las cosas, algún dirigente tuvo, la feliz idea, de prometerles la libertad si escalaban la pared del tajo por la parte Sur. Solo podían ayudarse de alguna soga y estacas de madera que iban encajando en las grietas y oquedades de la roca. Muchos, sin duda, perecieron en el intento precipitados al vacío; otros, por suerte, lograron coronar la cima y quedar libres del cautiverio.

Aún hoy, nos sobrecoge el observar las estacas que aún se conservan en la pared del tajo.

Por eso, cuando cada año, cruzamos el túnel con la imagen de Santa Lucía en procesión, no dejo de tener un recuerdo agradecido para aquellos hombres que horadaron el túnel para la posteridad.

Francisco Pérez Vega, 2010

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